viernes, 12 de agosto de 2011

Editorial Cultura para Crecer: Alejandro el Grande


Pocas figuras históricas han despertado mayor interés y debate sobre las vicisitudes que acompañaron su vida y su muerte como la del joven rey macedonio, hijo de Olympia y de Filipo II y continuador de su obra con una potencia conquistadora que le llevó a unir Oriente y Occidente con lazos fructíferos, de una manera que sirvió de modelo para todas las empresas civilizadoras que se pusieron en marcha a partir de su breve aunque fulgurante paso por la Historia. Alejandro murió el 10 de Junio del 323 a.C. en Babilonia, a los 32 años de edad, probablemente víctima de unas fiebres tifoideas complicadas con perforación pulmonar y parálisis progresiva, que vencieron su fuerte naturaleza. Había dado forma a un vasto imperio, estableciendo lazos y relaciones entre los hombres de los distantes extremos del mundo, dejando huellas imborrables de cultura y civilización.

Sin duda el gran misterio de Alejandro se encuentra en su trayectoria vital, en cómo logró conducir a sus hombres a través de medio mundo, primero hacerse con la península griega, después cruzar los Dardanelos, hacer frente y vencer al temido imperio persa, a la invencible caballería bactriana, para llegar hasta las riberas del Indo, en pleno corazón del Oriente remoto. Su genio como estratega, su habilidad organizativa, sus cualidades como líder, su sensibilidad y capacidad para apreciar las diversidades culturales han quedado reflejadas en innumerables obras, entre lo histórico y lo legendario, desde fechas muy cercanas a la de su muerte. Sin embargo, hay matices que parecen desafiar los análisis y permanecen en la oscuridad, fundamentalmente en lo que se refiere a su muerte y el destino de sus restos.

HOTI TO KRATISTO
Tras doce años de conquistas, vencido por una enfermedad que merma cada vez más sus fuerzas, Alejandro reúne a sus ocho generales en jefe, sus más cercanos compañeros que le habían seguido en mil batallas, los cuales detentan ya puestos de responsabilidad en el imperio. Alguien formula la pregunta decisiva: a quién designa como sucesor. El significado de la respuesta del rey todavía se sigue discutiendo: “Hoti to kratisto”, que puede querer decir: “al más fuerte”, o bien “ al mejor”, o incluso, “al más apto”. La ambigüedad de la expresión permite toda clase de interpretaciones, tal como sucedió entre los ocho guerreros macedonios. Pérdicas, su segundo en la línea de mando, había recibido el anillo real, por lo que pudo considerarse sucesor. Se ha especulado también con la posibilidad de que, con un hilo de voz, debido probablemente a una neumonía, que complicaba aún más su estado, hubiese susurrado el nombre de Cratero, su más fiel general, al cual había designado ya regente de Macedonia.

El desmembramiento del imperio de Alejandro, repartido entre sus más leales colaboradores, como es sabido, fue la consecuencia inmediata de aquella indefinición que muchos consideran deliberada por parte del líder, que conocía muy bien a sus hombres, que no eran fáciles de doblegar por una autoridad superior. Las discusiones se desataron al día siguiente de su muerte y los acuerdos que se consiguieron no calaron en los ejércitos, por lo que la inestabilidad y las continuas disputas cayeron como una sombra amenazante sobre los inmensos territorios de los dos extremos del mundo.

UN LARGO ENTIERRO
La lucha por el poder que se desataría después tuvo un antecedente simbólico en lo ocurrido con el cadáver del gran rey.

Aristandro, adivino de la corte, había anunciado que el país en el cual se enterrase a Alejandro gozaría de fortuna y prosperidad. Por otra parte, el propio rey había expresado su deseo de ser enterrado en el templo de Amón del oasis de Siwa, allí donde los sacerdotes le habían reconocido como hijo del supremo Amon Ra, cuando visitó el santuario en 331, tras arrebatar Egipto a los persas.

Pérdicas, que había sido confirmado como regente por los otros generales macedonios, teniendo muy en cuenta la predicción de Aristandro y por el contrario dando de lado la voluntad del rey, resolvió que el cadáver fuese trasladado a Macedonia para reposar en el panteón de sus antepasados. El traslado le serviría de pretexto para enviar tropas bien pertrechadas, pues ya se habían producido las primeras reacciones de rebeldía ante su designación como regente.

En lugar de la tradicional cremación en pira funeraria, se embalsamó el cadáver a la manera egipcia y se le envolvió en un sudario hecho de láminas de oro, que reproducía fielmente los rasgos de su rostro, según cuenta el historiador romano Diodoro Sículo. Tras dos años de trabajos, se preparó un catafalco adornado bellamente a base de oro y piedras preciosas. Sesenta y cuatro mulas se encargarían de llevarlo a lo largo de más de 3000 kilómetros, escoltado por una guardia de honor, al mando de un noble macedonio, lugarteniente del rey muerto. El cortejo fúnebre, impresionante en su majestad, partió de Babilonia, hacia el Norte, siguiendo el curso del Eufrates, para continuar hacia la antigua ciudad persa de Opis y después hacia el noroeste siguiendo el río Tigris, lentamente, quizá no más de 15 kilómetros al día, recibiendo el homenaje de miles de personas que acudían a ver pasar la comitiva. El recorrido continuaba bordeando el desierto de Siria y a lo largo de la costa hacia la actual Iskenderum, en Turquía. Allí Ptolomeo Lágida, que había sido nombrado gobernador de Egipto, al frente de un ejército, salió al encuentro de la procesión, obligando al cortejo a tomar la dirección de Egipto. Ni qué decir tiene que Pérdicas, al conocer la noticia, acudió a presentar batalla, pero no le dio tiempo de llegar al territorio controlado por Ptolomeo, pues fue asesinado por el camino. Ningún otro general osó disputar el cuerpo de Alejandro.

Pero Ptolomeo no cumplió el deseo de su rey y en lugar de llevar a Siwa el catafalco, resolvió construir un mausoleo en el centro de Alejandría, que sería a partir de entonces cementerio real de la dinastía por él instaurada.

El lugar escogido para enterramiento del rey fundador de la ciudad estaba en el centro de la misma, en la intersección de sus dos vías principales, una de las cuales es actualmente la calle Nebi Daniel. El lugar pronto se convirtió en centro de peregrinación, algo así como talismán de la dinastía ptolemaica. Cuando Octavio vence a Marco Antonio y Cleopatra, su primera visita fue a la tumba de Alejandro, tal como antes que él habían hecho Julio César y Marco Antonio, según narra el historiador Dión Casio. Se dice también que Calígula se hizo traer una pieza de la armadura de oro que cubría el cuerpo embalsamado del rey macedonio y lo llevaba como talismán protector, y que Caracalla se despojó de su mato púrpura y, en señal de respeto y veneración, cubrió con él el cuerpo de Alejandro.

Según el profesor de Historia de la universidad de Houston, Frank Holt, todo parece indicar que hacia finales del siglo IV, la ola de destrucción de lugares paganos encabezada por el patriarca de Alejandría Teófilo produjo la demolición del mausoleo de los tolomeos y por tanto de la tumba de Alejandro, tal como había sucedido también con otros monumentos, como el templo dedicado a Serapis. El motivo no era tanto de revancha histórica, sino un ataque directo al hecho de que los reyes difuntos. En su lugar se edificó una iglesia dedicada a san Atanasio, que fue convertida en mezquita en 640. El antiguo edificio fue demolido y se construyó encima la actual mezquita del profeta Daniel. Las criptas y catacumbas que se encuentran en el subsuelo dieron lugar a conjeturas sobre la posibilidad de que alguna de ellas albergase aún los restos del rey macedonio.

EN BUSCA DE LA TUMBA DE ALEJANDRO
La búsqueda de la tumba de Alejandro ha sido objeto de numerosas expediciones, que se cifran en unas 150 solo en el siglo XX. El mismo Schliemann, descubridor de Troya, en 1888 solicitó permiso a las autoridades egipcias para excavar bajo la mezquita del profeta Daniel, pero no se lo concedieron. Otro descubridor célebre, Howard Carter, poco tiempo antes de morir afirmó enigmáticamente que él sabía donde estaba la tumba de Alejandro Magno, pero que el secreto moriría con él, como efectivamente así fue. En 1960 un equipo arqueológico polaco excavó los alrededores de la mezquita hasta quince metros de profundidad, sin encontrar ninguna tumba.

Cuando en 1977 el arqueólogo griego Manolis Andronikos descubre las tumbas reales en Macedonia, una de las cuales, según los indicios, albergó el cuerpo de Filipo II, padre de Alejandro, volvieron las expectativas y la esperanza de encontrar la de su hijo. Más recientemente, en 1991, se organizó una expedición, con el fin de excavar de nuevo bajo las criptas de la mezquita, que también resultó fallida, pues arqueólogos rivales convencieron a las autoridades religiosas de que no era necesario seguir investigando sobre algo que ya se sabía. En enero de 1995 una pareja de arqueólogos, los Souvaltze, ratificaron lo que en 1991 habían anunciado a bombo y platillo: su descubrimiento de la tumba de Alejandro Magno en el oasis de Siwa. Tras un entusiasmo inicial, se comprobó por parte de otro equipo de arqueólogos, esta vez griegos, que los hallazgos correspondían a un templo de época romana.

Paralelamente a estos intentos, ha persistido la leyenda que niega que el cadáver de Alejandro llegase a Alejandría, lo cual ha desatado aún más la fantasía con respecto a localizar sus restos en los lugares más diversos, desde el valle Ferghana en Asia Central, hasta Marghilon, una ciudad en plena Ruta de la Seda. El rumor más extravagante en este sentido afirma que el cuerpo de Alejandro se encuentra escondido en una cueva secreta al sur del estado de Illinois.

En el Museo Arqueológico de Estambul, un magnífico sarcófago, encontrado por casualidad en 1887 en la necrópolis real de Sidón, en el Líbano actual, durante mucho tiempo fue considerado el “sarcófago de Alejandro”. El monumental sepulcro, realizado en mármol pentélico por un desconocido aunque experto escultor heleno, muestra en su perímetro escenas de la vida del gran rey: cazando, luchando contra los persas… Se ha calculado que fue realizado en la segunda mitad del siglo IV a.C., por lo cual bien podría haber servido para albergar los preciados restos. No obstante, los estudiosos del tema han desechado tal hipótesis, y atribuyen el lujoso enterramiento al rey fenicio de Sidón Abdalonymos, el cual sostuvo una excelente relación con Alejandro, que lo puso al frente de su región. Por otra parte, no resulta probable que un cuerpo momificado y envuelto en oro, destinado a ser visto, se guardase en un sarcófago de mármol, teniendo en cuenta además, que resultaría extraordinariamente pesado de trasladar hacia Siwa. Otra posible hipótesis apunta a que el propio rey de Sidón lo mandase esculpir, como ofrenda póstuma a su rey amigo, quién sabe si con la esperanza de que pudiese permanecer en su ciudad para siempre.

Entre todas las conjeturas, la más verosímil apunta siempre a los subterráneos de la mezquita, ya mencionada, si bien hasta el momento las investigaciones que se han llevado a cabo en la zona no han ofrecido el menor resto de lo que pudo ser el lugar de reposo de uno de los más brillantes personajes de nuestra Historia.




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